lunes, 15 de mayo de 2017

El pastor de estrellas (3 de 3)




   Poco después del amanecer, el joven subió los peldaños que separaban su azotea del adarve de la muralla. Su casa, adosada al muro, tenía un acceso privilegiado a una de las torres de la muralla que separaba la Medina de los arrabales orientales o Axerquía. Y debido al gran desnivel entre ambas partes de la ciudad, al subir a esa torre Mahmud podía contemplar toda la Axerquía ante sí, y todos los campos que se extendían hacia el este, la sierra, la vega del Guadalquivir y las colinas al otro lado del valle. Cientos de casitas blancas se arremolinaban frente a él, algunos minaretes sobresalían de entre ellas. Un débil muro rodeaba los barrios del este y daba una cierta sensación de protección. En realidad nadie sabe si se había construido ya la muralla de la Axerquía, y generalmente se piensa que no, pero hay indicios de que algunos sectores podrían ser lo suficientemente antiguos como para que su creación evitara que la Axerquía fuera destruida en la guerra civil del siglo XI.

   Mahmud olfateó el ambiente. El cielo estaba encapotado, de un gris uniforme. Miró de reojo los jaramagos entre las almenas. Se dobablan y parecían querer lanzarse muralla abajo, empujados por el viento cálido que le daba en la espalda, como si viniera de Isbiliya. Y cuando en Isbiliya llueve, en Qurtuba no salen las procesiones.

   Bajó la vista a la calle, y vio a dos personas dirigiéndose al arquillo de la muralla. Reconoció a su amiga Ganub, acompañada por alguien a quien no pudo identificar y que caminaba mirando a cada fachada y a cada puerta, como si buscara algún detalle conocido en ellas o algún rastro de un cambio. Intuyó que se dirigían a su casa y bajó a recibirles. Cuando Ganub traía consigo a algún desconocido era normalmente para pedirle el favor de una predicción. Sólo lo hacía en casos de verdadera necesidad y, hasta el momento, Mahmud había proporcionado certeras respuestas. La de aquel día parecía clara. La lluvia se retrasaría hasta la noche, pero llegaría con más fuerza de la esperada y, desde luego, para quedarse durante toda la semana.

* * *

   En verdad, el tiempo le venía corto. Por eso escribía a toda velocidad durante las noches. Era noviembre del año 1023 y se preparaba para volver a Córdoba junto al que iba a ser el nuevo califa, Abderramán V. Abandonaba Játiva y el exilio, sus ojos se llenaban de recuerdos y su mano los iba plasmando en forma de poemas. Tenía que terminar aquel regalo, aquel libro de memorias y de deseos en el que estaba volcando lo mejor de sí. Sólo pensaba en llegar a la vieja capital y poner el manuscrito sobre las manos de Liyún.
Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo
apacentar todos los astros fijos y planetas.
Las estrellas en la noche son el símbolo
de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.
Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento,
cuyas altas yerbas están bordadas de narcisos.
* * *

   Ibn Hazm examinaba con la mirada a Ibn Gamir, mientras éste hablaba a los jóvenes Ganub y Asfur.
  -Dentro de los muros de la ciudad, también hay una Córdoba subterránea. Hubo un tiempo en que los secretos se guardaban allí. Los palacios estaban conectados y las intrigas circulaban, literalmente, bajo las casas de los cordobeses. Pero durante la guerra, con cada batalla y cada revuelta, cada bando destruyó los túneles de los demás, al menos aquellos que conocían. Además, muchos fueron abandonados y acabaron por derrumbarse. Cada otoño, el agua baja de la sierra e invade los conductos bajo la ciudad. Gran parte de ella llega por cauces naturales, pero también hay estructuras antiquísimas, quizás de la época de los rumíes, que abastecen Córdoba desde hace siglos con agua para consumo humano.
   Ludovico iba vertiendo aceite en pequeños odres, como reserva para cuando los candiles se estuvieran agotando. Sólo pensaban usarlos una vez que estuvieran bajo tierra, pero parecía que quizás tuvieran que encenderlos en la superficie: la tarde avanzaba y las nubes se iban haciendo más y más oscuras, anticipando tanto el ocaso como la tormenta.

   La reunión de aquella mañana había sido breve. Ludovico había sabido transmitir la urgencia de la situación, y los Banu Gamir habían accedido a colaborar. Habían reparado y custodiado durante décadas los túneles que comunicaban los palacios de familias afines a los Omeya, y habían contribuido a salvar muchas vidas en cada disturbio ocurrido durante los años de la fitna. Pero al parecer, ellos mismos habían estado varios años sin saber cómo acceder a la antigua red de pasadizos, porque todas las entradas conocidas habían sido cegadas.

   Un día, de casualidad, supieron que alguien había seguido usándolos con regularidad. Un oscuro personaje, totalmente ajeno a las conspiraciones palaciegas, que pululaba por el subsuelo cordobés con una extraña obsesión por recolectar los restos de los animales que décadas, quizás siglos atrás, habían quedado atrapados allí. Los estudiaba, identificaba y colocaba cuidadosamente en su colección. Ibn Gamir empleó toda la paciencia de que disponía en ganarse su confianza, pero aquel hombre no tenía ningún interés en colaborar, ni necesitaba nada de él. O eso creía, porque Ibn Gamir supo tentarle y ofrecerle el trato que le abriría de nuevo las puertas del inframundo.

   Así pues, Ibn Gamir conocía la entrada, pero no estaba dispuesto a revelarla. El valor de aquel secreto podría volverse incalculable en cualquier momento, y su familia creía tener derecho a beneficiarse de él. De modo que puso la condición de que sus huéspedes llevaran los ojos vendados desde una pequeña plaza en el centro de la ciudad hasta la casa particular que ocultaba la entrada a los pasadizos.

   A ciegas, siguiendo el sonido del roce de los pies de sus compañeros, avanzaron tras Ibn Gamir durante cinco minutos, hasta que les ordenó detenerse. Una gota cayó sobre Ibn Hazm, y la inquietud hizo presa de él. Palparon las jambas de una puerta, y tan bien vendados iban sus ojos que no percibieron la oscuridad al entrar en la casa. Ibn Gamir encendió los primeros candiles y les permitió por fin contemplar la estancia en la que se hallaban. Cuatro paredes de piedra, dos puertas a ambos lados de la habitación y varias estanterías rebosantes de cráneos de animales que brillaban a la luz de las pequeñas lámparas. Musarañas, ratones, murciélagos, pero también otros mayores y más inquietantes.
  -¿Qué le ofreciste a aquel hombre a cambio del secreto? -quiso saber Ganub.
  -La única pieza que le faltaba a su colección -contestó Ibn Gamir, señalando a un cráneo similar al de un pequeño caballo-. Un encebro de las colinas de Albacete.
   Y añadió:
  -Aunque empezara a llover ahora mismo, aún deberíamos tener tiempo para hacer nuestro trabajo. El agua que venga de la sierra tardará en alcanzar la ciudad.
  -A no ser -puntualizó Ludovico- que en la sierra haya empezado antes a llover.
   No hubo más respuesta, pero Ibn Gamir decidió que era el momento de ponerse en marcha. Abrió una trampilla en el suelo. Se intuían algunos escalones. Mandó pasar a Ibn Hazm, y luego a los demás, que entraron por el angosto agujero tratando de iluminar el camino frente a ellos. La galería se ensanchaba progresivamente y se convertía en una escalera de caracol, que bajaba sin que pareciera tener fin. Algunos arcos cegados en las paredes indicaban, probablemente, el arranque de otros antiguos caminos subterráneos. La humedad se iba haciendo evidente a medida que descendían hasta el final de la escalera, en una sala con varias tinajas de barro y un único posible camino a seguir: un arco que levantaba apenas un metro del suelo, y por el que se podía ver pasar una suave corriente de agua que cubría un par de escalones.

   Con los candiles en alto y, confiando en las palabras de Ibn Gamir, fueron entrando por el arco y sumergiéndose hasta más arriba de la cintura. Avanzaban ahora por un angosto túnel, totalmente desorientados, cubriendo una distancia que se les antojó interminable. Al cabo de cincuenta varas, el camino se bifurcó. Por un ramal llegaba la corriente que inundaba la galería, el otro ofrecía una salida lateral para conducir a los visitantes a un túnel por el que sólo transcurría un fino hilo de agua.
  -Asfur, no pierdas de vista el agua. Allá donde estemos, si sube el nivel o deja de ser clara, avísanos.
   El techo era un conglomerado de guijarros, quizás el antiguo lecho de un río visto desde abajo, erosionado por las aguas subterráneas. Ibn Hazm no tardó en empezar a reconocer el lugar, y a tomar la iniciativa en el grupo. 
No os asombréis de que se oriente en la sombría noche:
su luz ahuyenta las tinieblas en la tierra.
   Caminaba más aprisa y no titubeaba en los cruces de galerías, hasta que llegó a la orilla de lo que parecía un gran charco. Esta vez no había escalones que permitieran calcular la profundidad, el suelo simplemente se cortaba en ese punto.

   Ludovico vació un odre en un hueco de la pared, y el aceite se extendió por un surco de un par de metros de longitud, perfectamente nivelado. Con un candil, prendió el aceite y la luz invadió la caverna. Para el asombro de los más jóvenes, resultó ser mayor de lo que pensaban. Aquello no era un charco, era un verdadero lago, un lago bajo el mismo centro de Córdoba. Y allí donde moría la luz, siguiendo un sendero junto a la pared, una inverosímil barquita parecía esperarles desde hace años, como una cápsula del tiempo, como un fiel caballo a la puerta de la posada.
  -Es la misma barca -dijo Ibn Hazm, entre afirmando y preguntando.
  -Es la misma -confirmó Ibn Gamir.

   Era la misma barca que, una aciaga tarde de enero de 1024, Ibn Hazm amarró a la orilla del lago subterráneo antes de salir por última vez de la galería. El día anterior, en medio de la revuelta, había encontrado vacía la casa de Liyún, rodeada por otras en llamas, como un anuncio de la tragedia. Después, por la mañana, había enterrado a su amigo, a toda prisa, en el cementerio del norte. El mundo se derrumbaba, en parte literalmente, a su alrededor: la última esperanza omeya yacía apuñalada en el Alcázar y la primera persona a la que amó yacía para siempre sobre su costado, ajusticiado por la rebelión. Liyún el Africano, la voz valiente que se hubiera enfrentado a sí mismo si no hubiera quedado nadie más en el planeta. El motivo, quizás, de que en los poemas de Ibn Hazm se alternen el masculino y el femenino para confusión de los que habrían de leerle y estudiarle. Incumpliendo su propia promesa, el exiliado volvía a poner su pie sobre la inestable barquita.
  -Debo ir yo solo -dijo.
   Todos respetaron su deseo. Sólo él supo dónde lo dejó, sólo el sabría de dónde lo rescataba. Ibn Gamir soltó la cuerda. Con un candil en la popa, Ibn Hazm empezó a remar suavemente y se convirtió, al poco, en un simple punto brillante sobre las aguas. Llegado cierto momento, pareció no estar alejándose más; había llegado a la otra orilla.

   Bajó de la barquita y acercó el candil a la pared, por encima de la línea que las repetidas inundaciones habían marcado en ella. Buscaba un hueco que vio por última vez quince años atrás, y tardó en encontrarlo, semioculto por algunas piedras. Él mismo las había depositado allí, ocultando una caja de madera, y en ella, a su vez, una arqueta del más fino marfil de Medina al Zahira, enorme para las proporciones habituales, casi dos cuartas de largo por una de ancho. La misma arqueta que se llevó de la casa de Liyún la noche en que murió, para salvarla del incendio, por un lado, y para rescatar aquel regalo que con tanto cariño había preparado para su antiguo compañero.

   Depositó la arqueta en el suelo y la abrió con cuidado. La luz del candil apenas llegaba a iluminar su interior. Un pergamino en blanco cubría varios cientos más, con los bordes sucios de humedad. La segunda página sólo contenía un precioso dibujo hecho con caligrafía, un favor de Ludovico para culminar el regalo de Ibn Hazm a Liyún: una paloma. La tercera, el título de aquel libro, escrito a toda prisa en las noches de Játiva durante su anterior exilio, para llevarlo como regalo en su regreso a Córdoba. "El collar de la paloma". Y bajo él, "Sobre la intimidad y los íntimos". Quizás el más maravilloso tratado jamás compuesto sobre el amor, uno de los más grandes regalos de Córdoba al mundo.

   Que por encima del rencor, de la guerra y del horror de los tiempos en que fue escrito, merecía, a juicio de la mano que lo creó, ser rescatado de las entrañas de la tierra donde una vez juró dejarlo para siempre, y ser revelado al mundo.

   El agua empezó a mojar las sandalias del poeta, rebosando sobre el borde del lago subterráneo. Había que salir de allí. Cerró la arqueta y la abrazó, antes de subir a la barca. Una lágrima por los amores pasados y futuros se deslizó por su rostro.
Esta dolencia, cuya curación desafía al médico,
me llevará, sin duda, a la aguada de la muerte.
Pero contento estoy con caer víctima de su amor,
como quien bebe veneno desleído en un vino generoso.
¿Qué más quiere el Destino? ¡Qué poca vergüenza tiene,
y con qué afán tiende a adueñarse de toda alma enamorada!

* FIN *

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Precioso. Enhorabuena es un deleite leerlo.
Un abrazo

José Alberto dijo...

Acabo de ver los comentarios. Muchas gracias, Paco. Un abrazo